Antes del Mediterráneo

Antes del mediterráneo

I

En aquel entonces no existía el Mediterráneo. El mundo que conocía estaba delimitado por mi ciudad; y del otro lado —fuera de ella—, sólo había otro sitio. Otro lugar desconocido que ocupaba el resto del planeta: Nueva York.

A ese lugar iban a parar todos los dominicanos que tenían la suerte de montarse en un avión. No iban a ningún otro lado. Sólo a Nueva York. Porque los aviones de la época —que yo recuerde— sólo sabían volar hasta allí. Hasta ese otro lugar que ocupaba el resto del mundo y que yo únicamente había visto en fotos de libros y revistas, o en algunas de las célebres persecuciones de Starsky & Hutch. Entonces creía que los aviones eran el sitio más limpio del mundo, porque antes de viajar, mí tía —porque todos teníamos una tía en Nueva York— se gastaba muchísimas horas limpiándose las orejas con bastoncillos y revisándose los dientes frente a un espejo. Había que estar perfecto para subir a un avión. Tan perfectos como lo estaba mi tía: la ropa planchada con almidón, los zapatos relucientes, el moño más apretado que un nudo de Boy Scout, y los sobrinos a metro y medio para que no fuéramos a jorobarlo todo.

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Un café, un croissant y una historia que contar

Tengo un amigo —José Polanco— que en su perfil público siempre incluye las palabras "vegano y runner". Me da un poco de envidia, la verdad. Lo de vegano no tanto porque estoy casi llegando: soy estrictamente vegetariano y estoy a dos yogures y un trocito de queso de cabra de distancia para llegar a ser vegano. Ya falta poco.

En cuanto a lo de «runner», esto lo tengo un poco más difícil. No puedo añadir la palabra «runner» a mi MICROBIOgrafía que está al pie de esta web, si cada vez que subo 3,5 escalones me hace falta una cuerda para evitar que el corazón se me salga por la boca.

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El extraño caso de la insolente Cuqui y la visita de Fidel

—¿Quieres venir a conocer a Fidel? —me dijo Rocío sosteniendo una leve sonrisa de satisfacción.

Si tengo que decidir entre dos puertas que están frente a mi, elijo la de la izquierda. No me lo pienso dos veces. Es así. No lo puedo evitar. Supongo que tengo un par de órganos dentro de mí que aparentemente se enroscan girándolos hacia la izquierda.

Rocío lo sabía. Asumo que por eso cuando entró a mi área de trabajo ese día y me hizo aquella pregunta ya sabía de antemano la respuesta.

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El «fiestorro» y la Catwoman de mi hijo

Hace un par de semanas me senté en el sofá con mi hijo Nil de nueve años para hacer un «fiestorro» (expresión que utilizamos como sinónimo de mini juerga de chicos cuando su madre tiene un compromiso por las noches).

Normalmente nuestros «fiestorros» consisten en comer porquerías, hacer palomitas y alquilar una peli en la que los superheroes están casi siempre entre nuestras primeras opciones.

A la Mama no le molan estas cosas, así que cuando ella sale los «fríkis» hacemos fiesta. Fiestorro, propiamente dicho.

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