El «fiestorro» y la Catwoman de mi hijo

Hace un par de semanas me senté en el sofá con mi hijo Nil de nueve años para hacer un «fiestorro» (expresión que utilizamos como sinónimo de mini juerga de chicos cuando su madre tiene un compromiso por las noches).

Normalmente nuestros «fiestorros» consisten en comer porquerías, hacer palomitas y alquilar una peli en la que los superheroes están casi siempre entre nuestras primeras opciones.

A la Mama no le molan estas cosas, así que cuando ella sale los «fríkis» hacemos fiesta. Fiestorro, propiamente dicho.

Como la elección de la peli es casi siempre motivo de disputa entre el friki-gran y peque-friki, solemos turnarnos. En esta ocasión le tocó a Nil. Así que no tuve más remedio que tragarme la Catwoman del director Pitof.

Dado que los americanos son muy predecibles —todo y que el tal Pitof es francés— desde que comenzó la peli creí intuir cuál de los personajes sería la que se convertiría en la Catwoman.

Entonces fue cuando sucedió. Cuando apareció aquella escena que Nil —sin darse cuenta— utilizaría para darme una tremenda lección. Como cuando nos enseñaban «Educación Moral y Cívica» en el cole.

De repente aparecen dos chicas en el pasillo de unas oficinas. Una es alta, deportiva y esbelta. La otra es rechonchita y bajita.

—Mira Nil, te apuesto a que ésa que está ahí es la que se va a convertir en la Catwoman —le dije señalando hacia la pantalla y estrujándome un puño de palomitas contra la boca.
—¿Cuál de las dos? —preguntó Nil con toda la inocencia del mundo.

¿Cuál de las dos? ¡Santo Dios! ¡Cuál carajos podría ser..! En mi mente —podrida por los prejuicios y los estereotipos— no cabía otra posibilidad más obvia que la chica «alta y esbelta». No era obvio, sino ¡obviiiisimo! Para Nil sin embargo, cualquiera de las dos chicas podría haber sido la Catwoman.

Primero me partí de la risa, pero enseguida sentí un poco de vergüenza. Momentos después caí en cuenta. ¿Cuál de las dos? Así de simple. ¿Cuál de las dos? Me lo repetí cuatro veces hasta darme cuenta que detrás de aquella simple pregunta había una gran lección.

Los niños son impresionantes. Son sanos. En sus mentes todo es posible. Sencillo. Simple… A ellos no les importa tanto —como nos importaría a nosotros— que Superman sea chino o que el Capitán América fuese africano. A ellos les resulta fácil imaginarse a una Catwoman de 120 kilos saltando ágilmente entre los tejados de Nueva York. A mi, la verdad, confieso que me cuesta un poco.

En fin, que aquel día —el día de aquel fiestorro en concreto—, me fui a la cama cuestionándome qué tanto nos preocupamos los padres en tratar de evitar que los estereotipos y los prejuicios contaminen las mentes de nuestros hijos. Muy poco, en mi caso. A veces nos preocupamos más porque se sepan la tabla del ocho (yo tiro de la calculadora del iPhone) que no en evitar que nuestra sociedad «adulta» y de consumo los vicie con sus mediocres paradigmas.

Esa noche admito que soñé con la Catwoman…, pero con la Catwoman de mi hijo.